Elden Ring: el juego que me hizo sentir que podía ser yo mismo (sí, en serio)
Hello! Eurogamer's week of features celebrating the intersection of queer culture and gaming continues today as Kelsey Raynor discovers a very different Elden Ring to the one they were expecting. And you can visit our Pride Week hub to catch
Mira, te voy a ser sincero. Cuando empecé Elden Ring, lo primero que pensé fue: 'otro juego de estos de sufrir, para machotes que se graban matando jefes con un mando de madera'. Y sí, tenía mis prejuicios. Pero luego, 500 horas después, aquí estoy, escribiendo esto con una sonrisa de idiota porque el puto juego me ha hecho sentir cosas que no esperaba. Y no, no me refiero solo a la satisfacción de reventar a Malenia después de 80 intentos.
Lo que me flipó de Elden Ring no fue lo difícil, sino lo raro que es. Y cuando digo raro, lo digo en el mejor sentido posible. Desde el minuto uno, el juego te tira a la cara personajes que no encajan en los moldes típicos de los videojuegos. Mira a Ranni, esa bruja de cuatro brazos que parece sacada de un sueño mojado de H.P. Lovecraft pero con más actitud. O a Marika y Radagon, que son la misma persona, un lío de identidad de género y poder que te hace replantearte qué coño significa ser 'uno mismo'. No es un mensaje de 'mira qué inclusivo soy', es que el juego te lo pone delante y te deja que lo mastiques tú solo.
Y luego están los NPCs. Gente como Boc, el sastre, que es un miedica adorable y te pide que le ayudes a ser mejor, o como Millicent, que lucha contra su propia maldición. No son héroes de esos que levantan la espada y gritan 'por la gloria'. Son personajes rotos, imperfectos, que te hacen sentir que no pasa nada por no ser el puto elegido. Eso, para alguien como yo que siempre se ha sentido fuera del 'club de los chicos' de los Souls, es un subidón.
Lo mejor de todo es que no te lo venden como un discurso. No hay un cartel que diga 'aquí hay diversidad'. Simplemente está ahí, en la historia, en los diseños, en las quests. Te encuentras con un personaje que cambia de forma o que juega con su identidad y dices 'vale, esto es más complejo de lo que parecía'. Y así, sin querer, el juego te hace sentir que hay sitio para todos, hasta para los que no encajamos en la norma.
Así que sí, Elden Ring me ha cambiado. No solo como jugador, sino como persona. Y todo porque un día decidí dejar de lado los prejuicios y meterme en un mundo que, al final, resultó ser más acogedor que muchos otros. Si no lo has probado, hazlo. Pero no esperes solo jefes y lore. Espera encontrarte a ti mismo en medio de todo ese caos.
Según ha adelantado el medio Eurogamer.



